viernes, 2 de febrero de 2018

El “Güichi timbres” o “Pasó”

Extraído de mi cuenta de Facebook, lo escribí un sábado al mediodía (27/01/2018). Me gustaría volver a escribir, es una de las cosas a las que le he dedicado mucho interés y aunque no pueda hacer gala de un buen vocabulario voy a intentar mejorar mi métrica de a poco, mi impulso es plasmar mis pensamientos en un lugar donde se puedan compartir sin muchas dificultades. Si me lees te doy miles de gracias.

Son casi las dos de la tarde, y, a pesar de que no son horas en las que mi cerebro se pone a funcionar en una forma lógica (es que soy más búho), me pongo a pensar acerca de las actitudes violentas que a veces me ponen entre el límite de lo hodiernae hominum y el paleolítico; pondré como ejemplo que ayer tuve un examen y al finalizarlo me daban ganas de tirar la silla por la ventana, no me había ido bien y sentía que mi última forma de defenderme ante el fracaso era la destrucción total del sistema que me rodeaba mediante violencia pura y sanguinaria, así iba a salvar mi alma de las malas notas -al menos- y de la propia desazón que me crearía yo mismo por no haber estudiado un poco más. “Es mi naturaleza” me digo, “es un instinto humano ante la amenaza” me digo otra vez, “así funciona el caos” para finalizar. Luego de reflexionar en el tiempo que tardo en guardar mis cosas en la mochila, resuelvo que si la silla quisiera tirarme a mi por la ventana estaría bien por ella, y mal para mi porque ya no podría escribir más tonterías; obviamente por eso alguien se inventó los derechos humanos, y luego me pregunto si habrá alguna manera de sacar algo bueno de ese “instinto” tan anarquista que me ataca de vez en cuando, ¿se puede obtener energía limpia de la violencia?.

Todo tiempo pasado fue mejor, oh! la nostalgia oh!, a ti me remito a veces cuando quiero buscar solución a mis banales filosofías y/o huecas concertantes entre mis multiversales yo yo yo, y por suerte encontré en ti algo que me trae muy dolorosos y divertidos -a la vez- recuerdos: los “guichis” (llamado así en Cochabamba aunque tiene variantes similares en el oeste de Bolivia, en donde se le llama “pasó”), esos jueguitos que solíamos practicar tanto en la escuela como en cualquier otro ambiente donde te suene un timbre (véase: timbre campana, esa cosa que suena cuando la hora de clase se acaba). Las patadas en el “trasero”; los laq’asos (en quechua laq’ay: abofetear, sopapo) en la nuca y los puñetazos en la espalda tan fuertes que pensabas que quedarías con parálisis permanente; y, de vez en cuando, las patadas voladoras que te hacían reír mas que cuando en el circo (siempre y cuando no sea uno mismo el mártir del juego). Todo esto formaba parte de nuestra cultura escolar intrínseca, aunque no me estoy saliendo más allá de lo que en mi niñez y adolescencia vivía, pienso que de diversión nos llenaba e incluso avivaba nuestra amistad, tanto que hoy considero a mis mejores amigos a aquellos con los que compartí esas épocas. ¿Cómo empezaba el juego?, se acuerda entre dos compañeros, habían de ser conocidos y tener al menos un mínimo de confianza (para que te peguen); el pacto se hacia con los meñiques y cada par decidía en que circunstancias se “golpearían”; lo universal era cuando el timbre del colegio sonase y la única manera de salvarse del embate era mostrar al otro(a) los dedos índices y medio entrecruzados, así quedarías inmune hasta el próximo toque de timbre, todos los días lectivos así hasta el fin de los días (de cole). Buscando por Internet no he podido encontrar más que simples referencias en comentarios, el juego -tal como lo conozco- al parecer estaba extendido por algunas regiones de Chile y Perú, no sé nada más acerca de otros lugares en donde pase algo así -habría que intentar con otras terminologías-, al parecer en las escuelas europeas no sucede (razones para no hacer oda a esto las tienen por referencias históricas).

Al final de mi bachillerato (en humanidades), solía definir a esta pequeña parte de la vida como imprescindible, ya que esto nos ayuda a desquitarnos o mejor dicho, relajarnos de las presiones diarias (que a esa edad eran ya evidentes), y no del modo “desconectar” como algunos podrán interpretar, ya que el “desconectar” -desde mi punto de vista- no es tan “directo”. Quizá esto último que digo no justifique mi idea de violentar, pero si nos puede ayudar a comprender más acerca de nosotros mismos, por lo que somos y lo bueno que podemos sacar de nuestras torpezas, aunque sea ínfimo, pues el estado básico característico del caos de nuestra existencia es que no podemos evaluarlo a partir de una sola y simple variante como lo es la violencia, pero por algo se empieza, no?.

CDQB